Lealtades incomprensibles

Ella llegó a la cita, él la esperaba. La recibió con la mirada llena de esperanza, por fin se irian las visitas no deseadas. Detuvo la silla:

-¿Dónde querés ir?

-Voy a ponerme un yeso

-Esperate, ya van a venir a atenderte.

Quitó la silla de las manos inexpertas y él se dejó llevar:

-Está bien hagamos lo que vos decis.

Se miraron como los viejos camaradas, aquellos que juntos tuvieron que descuartizar a su mejor amigo para que alcanzara en un ataud, pues no se podía hacer otra cosa. Los que fueron a la marcha a protestar por los acuerdos comerciales. Los que protestaron por la burla que hicieron a los sindicatos cuando vendieron la huelga y los que también fueron traicionados por los políticos de turno. Que aprendieron desde el barro a odiar a los ricos. Historias que nadie entiende, porque el amor «romántico» no deja espacio para otras lealtades.

Él ya tenía poca conciencia, pero es a la única persona que recordaba, la vio llegar y le dijo: !Llegaste mi amor!

-!Ya llegue mi amor! !Que curvas y yo sin breque! …. sonrió avergonzado… Ella siempre más atrevida, sabía quitarle la iniciativa.

-¿qué pasó? ¿Te estás dejando?

-Ya no salgo de aquí.

Lo miró con dudas, todavía aguanta -pensó- pero hay que ayudarlo.

Empezó a delirar, no olvidaba el cumpleaños de su hija y dijo: -Toma el dinero para el tres leches de la niña, no dejés que lo coma sola, voy a dejar un poco de dinero para comprar los zapatos del niño -ayudame a esconderlo, me lo pueden robar.

-Dale, ya tengo el dinero del tres leches, después compramos los zapatos del niño.

Lo tomó de la cabeza, le puso paños de agua fría, estaba caliente y él cerró los ojos. Muchos años le rogó a ella que le sobara la cabeza y fue la primera vez que lo hizo, se fue quedando dormido, le puso más paños. Cuando despertó, se veía el miedo en su mirada, ella lo tomó de la mano e hizo una broma sobre sus piernas: !Oye que tus piernas están mejor que cuando estabamos juntos, por lo visto me perdí de algo bueno!

Él se dejaba tomar la mano, toda la tarde le tomó la mano, para que no tuviera miedo, él se sentía menos inquieto, cuando alguien preguntó: ¿La conoces a ella?

-Claro que la conozco, es mi amor, la madre de mis hijos.

Luego lloró, mientras decía, ya no tengo deseos de vivir, lo arruiné todo, tu vida, la mía… Me siento triste, estos hijueputas mierdas jugaron conmigo.

Entiende su agobio, su tristeza, fue la discusión eterna, mientras ella seguía militando y él no pudo asistir a la muerte de su madre por estar en una reunión partidaria. Sí, el partido les debía la vida no vivida, el odio experimentado, las humillaciones, todo un lastre que cargas. Con una diferencia, estar dentro a ella le permitió vivirlos, conocerlos, despreciarlos sin odiarlos y sacar a tiempo a sus hijos de toda esa basura que representa el poder en las instituciones. Pero él si creía en poder cambiar el mundo, pero se olvidó de si mismo.

Ya está listo el quirófano, en un destello de lucidez él se acerca y le besa el hombro, con sus labios resecos por la sed, ella le devuelve el beso en el aire de forma espóntanea. Le susurra: Gracias por estar aquí, sabía que no me dejabas solo.

Ella jamás deja a un compañero solo, porque son los únicos que en su generación merecían respeto… Lo otro, el amor romántico, nunca fue lo que los separó, la profundidad de las cosas iban saliendo con las pesadillas.

Ya es noche, el coma, por lo menos no siente el dolor, la confusión y la histeria de la encefalopatía. Ella toma la carretera, como ha sido en los últimos años, acompañada de sus hijos, que como polluelos se refugian en su regazo y le piden palabras de consuelo. Con suerte ha logrado aprender las necesarias… así caminan, sintiéndose traicioneros de camino, pero todo se hizo lo más humanamente posible.

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