Aún el niño que no se calla

Arte Beksinky

Nadie necesitaba el amor de ella, más que él. ¿Qué siente un niño cuando en la edad que le corresponde no recibe el amor materno? No lo sabía, así como no sabe lo que siente un niño que recibió el amor materno, es una cuestión de experiencia vital.

Nació dos meses después que murió su hermana, la madre tenía la esperanza que en vez de él nacería ella nuevamente. No lo quiso poner en su pecho, en su interior deseaba que muriera, un varón parecido al padre,  era como una maldición. Lo comparaba con la bella tez de la niña blanca, si por lo menos se hubiese parecido a su propio padre, tendría consuelo en su pérfil indio.  La abuela escuchó los gritos del niño, con energía se acercó a la hija y le reclamó: ¿Porqué no le das de mamar?

Con más desprecio que tristeza respondió: !Dejelo que se muera! Yo no quería otro varón.

La abuela lo tomó en brazos, le dio un cocimiento de comino y aniz para dormirlo, en adelante ella se haría cargo de alimentarlo con leche de cabra o darle suero de vaca con atol de millón, cuando pudo ponerse los deditos en la boca le dió su primer plato de tortillas con frijoles.  Caminó a los nueve meses, iba tras  la madre que cargaba en su vientre la esperanza de una niña, a veces se ilusionaba con la idea que nacería nuevamente la difunta.  Otro parto, otra decepción, una niña morenita y parecida al padre, que maldición estaré pagando, preguntaba a su madre.

Crecieron juntos, ambos añorando el amor de la madre, no había otra forma de buscarlo, el servilismo comienza en los brazos que te son negados.  Eran fieron enemigos en contienda, ambos querían alcanzar su afecto, querían recibir las caricias que miraban dar a los otros, de tanto desearlas terminaron odiándolas.  Aprendían a darse caricias a golpes, solo eran importantes cuando estaban frente a un buen pleito.

-¿Qué miras en mis cuadernos? -preguntaba él.

-Tenés mejor letra que la mía- decía ella.

-Yo soy mejor que vos en todo, vos sos fea por eso nadie te quiere.

-A mi que me importa que la gente no me quiere, baboso muerto de hambre.

-!Bah! bruta, la letra de nosotros dos es igual y nos parecemos a la familia de mi papa.

Caminaban juntos, la gente creía que eran gemelos, les pusieron grilletes apenas empezaron a caminar, ella debía vigilarlo e informar todo lo que hacía, él debía vigilarla y decir todo lo que  hacía. No se confiaban ni el número de tortillas que comían, pero si algo sucedía a uno el otro debía socorrerlo inmediatamente, podía ser algo nefasto no haber informado oportunamente que él otro andaba en problemas.

-¿Te duele mucho el brazo? -le preguntó aquel día cuando ambos competían por bajar una fruta y regalarsela, él calló del árbol y se fracturó su brazo izquierdo, la madre lo levantó a golpes del suelo. Ella lloraba, se sentía culpable, no debió hacerle creer que subiría al árbol, no tenía intenciones de hacerlo, era guayaba lisa.

-Si, pero soy hombre, los hombres no deben llorar y por eso me pegó, no es mala.

-¿Te va a quedar como bejuco doblado?

-Dice el sobador que no.

No había memoria de sus caricias en la piel de ellos, solo las cicatrices que la vida les iba dejando. ¿Qué sería mejor? -Qué te dejaran tirado en el camino o estar condenado a creer que tienes madre y vivir en el servilismo permanente. La madre cada día le recordaba que su vida era un deseo de la abuela, si de ella hubiera dependido estaría muerto.

-Ma, ya que no lo quería y ahora está vivo, por lo menos debería callarse.

-Vos también deberías estar muerta, nunca serás mejor que la niña, tan blanca y tan linda, vos tan fea y ordinaria.

-Ma, que eso no me importa, comprese una gringa a ver si le hace las tortillas.

Ella llegó pronto a la conclusión, no me quiere porque no soy varón o le hizo falta su niña, que coman mierda todos juntos, gran cosa que lo quieran a una, si total todos quieren lo mismo: -Qué desee tener hijos y aprenda a hacer tortillas.

Cada persona es distinta con sus carencias, él siguió por el camino de la oveja negra para mantenerla amargada y pendiente de todo el dolor que le causó con su rechazo.  Ella se fue un día a buscar el amor de su vida como Eréndira, lo persiguió hasta encontrarlo y terminó concluyendo sobre lo mismo: -No es la gran cosa, todos los seres humanos son iguales, vulnerables y defectuosos, carentes de sentido y con poco sentido del humor sobre lo que es realmente importante.

Rompió los grilletes que le unian, a él parecían hacerle falta y la buscaba como una sombra que acecha, al comienzo le tenía miedo, después pensó que era como un perro malcriado que ladra pero no muerde.

La madre y su instinto, poco a poco se fue callando en su insconciente, ¿qué fue lo que no tuvo? ¿Cuáles fueron sus carencias o excesos? Finalmente la escucho decir: -No quería tener hijos, odié a mi mamá porque quiso salvarlos y a tu papá por no dejarme usar anticonceptivos.

-Ma, está bien, usted tenía derecho a no parirnos, a mi no me importa, si nacía bueno y sino también, pero a ellos les duele que se los diga, aprenda a quedarse callada.

-Te detesto, quisiera poder hacer las cosas como vos lo haces, ellos te quieren a vos y no a mi.

-Ma, es injusta, la quieren a usted, aprenda a querer a los que quieren estar con usted y deje ir a quienes no desean estar con nosotros, esa es la maldición, todo el tiempo quiere al que no está y nos hacer sufrir a nosotros por ellos, una no puede querer a alguien cuando ya se ha ido o no nos desea cerca.

Aún las miradas, aún los gritos de hambre del niño que no debió hacer nacido, aún la ausencia de la niña que murió de diarrea, aún la ausencia de la madre que se fue sin hablar con ella, aún la ausencia del hijo que la abandonó sin querer volver a verla, aún la ausencia del hombre que dejo morir despojado en una hamaca, aún la ausencia de la hija errante que no vuelve, aún la ausencia de todo lo que se ha ido y no regresa. Aún la presencia del hijo que no conoció su amor materno, aún la presencia del hijo que perdonó todos sus abusos, aún la presencia del padre que no tuvo voz en toda aquella historia.

Así hay hombres, parecen estar ausentes, parecen ser inocentes,  son como Dios, omnipresentes y nunca culpables.

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