Un día en el cautiverio

Cuando estás sola, hablo en femenino porque soy mujer, no tienes amigas o alguien que te pueda guiar, crees que tu universo es único. Deseas jugar y no puedes, porque mamá tiene que dormir, hay que hacer la comida de los hermanos, lavarles y si acaso queda un cachito de tiempo para la tarea pendiente, aunque te van a castigar por ocupar tiempo de casa en tareas de la escuela. Debes recurrir a la inteligencia a muy temprana edad, hacer las tareas en la escuela y lograr que la maestra te las revise de primero, aunque ella no entienda tu apuro, si le llevas un mango todo los días puede que ella no olvide tu rostro y priorice tu interés por cumplir para todos.

La imaginación es importante, divertirte mientras otros creen que sufres por hacer el oficio, cuentas las veces que das vuelta a la máquina de moler y cuentas las pelotas de masas que vas repasando, las matemáticas funcionan, calculas la cantidad exacta de maíz para 40 tortillas, después calculas la cantidad de veces que debes caminar al río para llenar los bidones de 50 litros de agua para cocinar y beber. Sabes que por lo menos irás 10 veces al río y podrás saltar entre los árboles secos que están tirados en el camino, con suerte encontrarás ranas o bumbulunes, jugarás un rato y luego irás río arriba para ver las piedras nuevas que se arrastran.

Regresas a casa, el almuerzo, hay que hacer la comida y llevarla al campo, te quedarás ayudando con los bueyes o toca arrancar y desbrozar frijoles. Regreso a casa, cocer maíz, hacer café y preparar la ropa para lavar, regresas a las cinco con los pies helados, lista para hacer la cena. Preparas tu propio cándil, hay que leer la Biblia, proverbios, transcribir para no olvidar la ortografía. Mientras, afuera todos ríen de los chistes vulgares, escuchan los cuentos de Pancho Madrigal o cualquier babosada en la radio, hace mucho tiempo que no me prestan la radio. Ya di de cenar a la mona-chilindrina, mamá dice que no le de importancia que aprovechará al pariente que la quiere comprar porque ella no tiene ropa nueva y desea un pantalón azul. La mona es mi hermana, jugamos, peleamos, corremos, en la soledad de casa ella habla conmigo, aprendí su idioma y nos entendemos, hasta le hice vestidos, pero no le gustaron.

Mis primas se reían de mi hermandad con la Chilindrina, ella se sienta en mi hombro, enrolla su cola en mi cuello, enreda mi pelo, empezamos a emitir los sonidos guturales, ju ju ju ju ju ju… aaaaaaaa….. ju ju ju ju… aaaaaa…aaaaaaaaa…uuuuuuuuu. Eso es cuando estamos felices, pero si se enoja chilla ggggaarrrrrr…arrrrrr….orrrrrrrr, oooooooooo… uh uh uhhhhhhhhhhh…… Durante más de un año fuímos muy buenas hermanas, ella aislada de su manada, yo aislada de todos, hubo días que aprendí a colgarme de los árboles solo con las piernas y dejar la cabeza hacia abajo, mientras me balanceaba y más de una vez di cuenta de lo duro que es el suelo con mi cabeza. No tenía cola para agarrarme de las ramas, pero aprendí a saltar entre ellas, arriba de los árboles mi mamá no podía bajarme y más de una vez me perdí en el bosque, huyendo de sus palizas.

Siempre me pregunté ¿porqué tenía tantos deseos de llorar cuando fui al zoológico de Washington? ver el rostro triste de los gorolilas, los hurangutanes, los chimpances, me llenó el alma de tristeza, podía sentir la humillación de las madres con sus bebes en brazos. Aunque Chaucito siempre molestaba por mis monadas, es que no es capaz de entender cuando un ser humano vincula su soledad a otra especie, que es posible conversar con ella y establecer una conexión para toda la vida. La Chilindrina con sus sonidos me enseñó todo lo que era posible aprender de los primates, jugar y dejarse acariciar por ellos.

Un día en el cautiverio, pasé muchos años en cautiverio, sin las caricias en mi pelo, sin unas manos suaves que desenredaran mi pelo, solo la Chilindrina lo enredaba a manera de cariño, por ende me mantenía hedionda a mona, pero era mi universo y me lo arrebataron. Así me han ido arrebatando todos los universos creados por mi imaginación, tanto que a veces me gustaría encontrarme con la chilindrina y decirle que el ser humano odia a las otras especies porque ni él mismo se quiere, porque ya nació sin la capacidad de brindar ternuna, que la ausencia de bondad en su corazón lo obliga a torturar a los otros… Así era chaucito, petulante y atrevido, muchas veces me pregunté ¿A él también lo tuvieron cautivo?

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