El pájaro del dulce encanto

Pocas veces se me ocurre escribir en este espacio uno de mis sueños, pero anoche todo fue irregular, calor al acostarme, dolor de cabeza, le certeza que algo no estaría bien el día de hoy. Por primera vez contaré un sueño literal, probablemente es producto de las conversaciones que he tenido de forma frecuente con un joven.

Llevaba mi mochila, como lo hago desde los 15 años, significa que llevo 42 años teniendo una siempre. El dundo estaba a mi lado y dijo: -No vayas tras nada, ya te dije lo que sucedió en esa búsqueda del pajaro del dulce encanto.

-A lo mejor no buscaste en el lugar correcto, estoy segura que existe y me adentraré en el bosque, evitaré las piedras que hablan, debe existir un pajaro de dulce encanto para mi.

El dundo me miró largamente, se veía triste, pero no dijo nada y se esfumó.

Comencé mi largo camino en la búsqueda del pajaro del dulce encanto, lo imaginaba grande, con sus hermosas alas azules y su copete dorado, con un canto celestial como puede escucharse en las melodías japonesas. Pasaría por manantiales, bosques verdes y vería especies silvestres jamás vistas por ojos humanos, todo sería como una paraíso.

Una sombra oscura se puso a mi lado, me seguía a todas partes y su presencia me era indiferente, no me asustaba y no me alegraba, era insensible a su energía. Entendì que esa sombra necesitaba saber lo que yo pensaba, pero incapaz de comunicarse conmigo, simplemente ignoraba que existía el pajaro del dulce encanto.

No habían bosques floridos, ni manantiales, eran árboles como cualquiera, caminos lodosos, aves normales, una que otra serpiente cruzando las veredas, en alguna parte se escondió un topo y el sonido de las chicharras veraneras invadían todo el ambiente. Llegamos a un acantilado, una cascada ordinaria salía de alguna parte, arañas gigantes construian telas por donde estaba el agua, quise tomar agua y vi las piedras milenarias, amarillas, agua transparente brotaba y el fondo unos gusanos nadaban, eran larvas de libelulas gigantes.

Empezamos a caminar sobre la vereda de la fuente de agua, hacia el final estaba el tronco solitario de lo que alguna vez fue un árbol. Se erguía orgulloso el pajaro de dulce encanto, con su plumas azules y su canto extraordinario, me acerqué y creí que el dundo mintió cuando dijo que era una mentira, ahí estaba, fácil de alcanzar, al fin y al cabo no caminé tanto para encontrarlo. Era un ave mansa, se dejó tomar entre mis manos, vi como se iba diluyendo, entre mis manos tenía un montón de mierda de cerdo resbalando, suerte que no sentía el olor porque el COVID atrofió mi olfabato. Recordé que existía un antes y un después de la pandemia. La sombra me miró y miró sus propias manos, la observé con desprecio, me recordó a los enanos burlones que se adiestran miserables detrás de los poderosos.

Me despertarón unos objetos cayendo sobre el zinc, alguien bajaba cocos que dejaba caer sobre mi techo, enojada fui hacia la ventana insulté al responsable de tremendo abuso. El tipo quiso insultarme, le dije que hiciera bien su trabajo y dejara el zinc tranquilo.

Recordé al joven enamorado de la chica de ojos verdes, cabello largo, rubia, blanca como porcelana, para él no había nadie más bella. Días antes le dije en broma: !Te va a salir el pajaro del dulce encanto!

Por alguna razón terminaron, después de un año él decidió disculparse para cerrar el ciclo, ya lejos del enamoramiento y observàndola de cerca, sin el afán de besos ardientes e ilusiones, ella le dijo: !No tenemos nada que hablar! Dijiste que mi mamá y yo éramos locas ¿Algo más? En ese momento, le miró los dientes trocados y los ojos biscos, el pelo no era tan hermoso como lo había visto antes y sus manos no eran tan bellas y tersas como en sus ilusiones pasadas. Pensó: !Tenía razón, es un pajaro de dulce encanto!

Caminaba distraída de regreso a casa, era la hora del almuerzo, cuando una motocicleta manejada por una muchacha se vino encima, apenas tuve tiempo de esquivar el golpe de frente, mi espalda fue a dar contra la pared de una casa, el golpe de cabeza sonó a una calabaza rota, no caí, solo sentí que mi espalda crecía aceleradamente, la parte afectada era la que arde siempre. Llegue a casa y me dormí inmediatamente: !Tenía razón hoy es un día de mierda!

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